Enfermas de perfección.

Ven.
Acércate a mí.
Déjame sentir tu aliento unos segundos.
Sé que esta será la última vez y que nunca conseguiré notar el tacto de tus labios sobre los míos, sé que mi vida se terminará así, adorándote desde la distancia, mirando cómo caminas, como mueves ese espléndido cuerpo, contoneando unas caderas en las que me encantaría perderme hasta el fin de mis días, sin olvidar tu torso ni tus pechos, que acompañan de forma grácil tus infantiles movimientos y tu pelo del color del fuego más vivo. Antes de perderme querría saber qué puede ser acariciar tu nívea piel, parece tan sedosa que haría sentir envidia al más noble tejido.

No deberías culparme por necesitar alejarme de un mundo que no ha sabido dejarme un espacio donde guarecerme de cada cuchillo que se clavó en mi espalda, de cada palabra que taladró mis oídos, hasta llegar a mi cerebro y estallar como si de una bomba de nitrógeno se tratase.

¿Realmente nunca has notado cómo te miraba? ¿Realmente pasaba tan desapercibida? ¿O simplemente querías robarme el alma para añadirla a tu colección? A veces me parecía que ésa era tu intención, que detrás de esa fachada de perfección se ocultaba una mente tan o más enferma que la mía, pero nos diferenciaba que la tuya estaba enferma de estar rodeada de perfección, mientras que la mía está enferma de tristeza y soledad. Está enferma de anhelar algo que nunca llegará.

Ésa es mi triste historia. Una historia que está a punto de llegar a su fin, porque toda esa mezcla de medicamentos comienza a hacer que no me encuentre muy bien.

- Adiós, princesa.

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