Gris muerte.

- ¿Qué haces? ¿Qué quieres?
- Me voy, quiero irme.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué no?
- ...
- ¿Lo ves? No hay razón para que siga aquí más tiempo.
- Pero...
- Pero nada, estás conmigo, pero sigues solo aquí en casa, acumulando penas, soy un fantasma en tu vida, quiero huir de ti, tengo miedo de desaparecer, de que tu sombra me consuma.
- No, no te vayas, eres mía.
- ¿Acaso tienes mi propiedad?
- No, pero eres mía, sólo mía.
- No soy tuya, ni de ninguna otra persona, ni siquiera soy mía.
- ¿Cómo que no eres tuya?
- No lo soy, no controlo mi mente, es inestable, mi cuerpo es inestable, mi vida es inestable, mi relación contigo es inestable, TODO es inestable en mí, eso dice que no puedo controlarme a mí misma, con lo cual, tampoco a mí me pertenezco.
- Tonterías. Ven aquí, siéntate a mi lado.
- ¿Para qué?
- Para que veas que te equivocas.
- ¿Equivocarme?
- Sí.
- En absoluto. Adiós Rui.
- No, no lo hagas, Ayaka.
- ...
(Se escucha el sonido de una puerta al cerrarse, despacio, suavemente)
- No, no, no, no, no, no... ¡¡NO!!
Rui cae al suelo, de rodillas, con las manos en la cara, se hunde, empieza a llorar de forma sonora, llora hasta que sus ojos se secan, se tira de los pelos, pega puñetazos contra la pared, lo deja cuando sus nudillos comienzan a sangrar.
Intenta levantarse, pero está tan débil que se cae de nuevo.
Minutos después, a él le parecieron horas, lo volvió a intentar, esta vez sí consiguió ponerse de pie, lentamente y a trompicones, se acercó a una ventana, daba a un parque, un parque de otoño, recordó con tristeza los momentos que ahí había tenido con ella, con Ayaka.
Sintió el imperioso deseo de lanzarse por la ventana, sabía que si lo hacía no sobreviviría, vivía en una séptima planta, no era posible.
Aunque estaba deseoso de ello, fue incapaz, era un cobarde, siempre lo había sido, ni siquiera tuvo valentía para aferrarse a Ayaka, para no dejarla escapar.

Se apartó de la ventana, tenía la visión nublada y las mejillas mojadas.

Caminó hasta el baño, se lavó la cara con agua fría, cuando subió la cabeza y se vio en el espejo, su perplejidad era evidente, algo había cambiado, sus ojos ya no eran verdes, eran grises, como si su luz se hubiese apagado, se asustó, caminó hacia atrás involuntariamente, hasta que perdió el equilibrio y cayó en la bañera, desnucado, muerto, acabado.

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